Dos años después, tras someterse a una durísima serie de pruebas, el sueño de Cunningham se hizo realidad, hasta el punto de que le tocó compartir el mismo despacho con el propio Alan Shepard. Aquélla fue la edad dorada de la exploración espacial, cuando Kennedy prometió poner a un hombre en la Luna en menos de una década «no porque es fácil, sino porque es difícil», y Cunningham logró convertirse en uno de los pioneros que, como dijo Tom Wolfe, tuvieron the right stuff («lo que hay que tener») para culminar esta hazaña.
De hecho, junto con sus compañeros Wally Schirra y Don Eisele, a Cunningham le tocó la dura tarea de volar por primera vez en una nave Apolo, después del trágico accidente que costó la vida a los tres tripulantes que inicialmente habían sido elegidos para esta aventura: Gus Grissom, Ed White y Roger Chaffee. En octubre de 1968, Cunningham y sus dos colegas pilotaron con éxito la primera misión tripulada del programa Apolo, en un vuelo de prueba que orbitó 163 veces alrededor de la Tierra, y dieron así el primer paso crucial hacia el «gran salto para la Humanidad» de Neil Armstrong.
La semana pasada, este héroe de la carrera espacial visitó Tenerife para participar en el Festival Starmus, un congreso internacional concebido para divulgar los hallazgos de la astronomía a todos los públicos. Poco antes de hablar ante un auditorio abarrotado de jóvenes amantes del Cosmos, Cunningham concedió esta entrevista exclusiva a EL MUNDO.
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